Dos jóvenes de 26 y 29 años
conducen un Ford Sierra a toda velocidad. El más flaco agarra el volante con la
mano izquierda mientras bebe una litrona que empina con la derecha.
«Paramos aquí para que no nos vean los maderos«, dice a su compañero.
Bajan en medio de un descampado, abren el maletero y sacan guantes, tenazas y
una enorme bolsa de plástico transparente. Mirando a todos los lados se
aproximan a la estación de RENFE. El sol está cayendo. No hay ni un alma
alrededor. Los andenes están abandonados desde abril de 2012, por falta de
usuarios: «Perfecto para dar el palo y llevarnos el cobre«.
conducen un Ford Sierra a toda velocidad. El más flaco agarra el volante con la
mano izquierda mientras bebe una litrona que empina con la derecha.
«Paramos aquí para que no nos vean los maderos«, dice a su compañero.
Bajan en medio de un descampado, abren el maletero y sacan guantes, tenazas y
una enorme bolsa de plástico transparente. Mirando a todos los lados se
aproximan a la estación de RENFE. El sol está cayendo. No hay ni un alma
alrededor. Los andenes están abandonados desde abril de 2012, por falta de
usuarios: «Perfecto para dar el palo y llevarnos el cobre«.
Tienen varias razones para
negarse a ser identificados y fotografiados: viven como okupas en un chalet
junto al barrio de El Quiñón, en San Martín de la Vega, a 31 kilómetros al sur
de Madrid. Se dedican a vender marihuana que cultivan en la propia casa y,
cuando pueden, a robar el cobre que arrancan de las canaletas de la estación de
Renfe y de las farolas del barrio. La estación luce destartalada y polvorienta,
pero hay rastros de actividad reciente: el suelo está lleno de cristales y de
baldosas arrancadas, debajo de las cuales hay restos de cables cortados. Al
parecer, un grupo de ladrones de cobre han estado saqueándola recientemente.
Los dos jóvenes maldicen su suerte.
negarse a ser identificados y fotografiados: viven como okupas en un chalet
junto al barrio de El Quiñón, en San Martín de la Vega, a 31 kilómetros al sur
de Madrid. Se dedican a vender marihuana que cultivan en la propia casa y,
cuando pueden, a robar el cobre que arrancan de las canaletas de la estación de
Renfe y de las farolas del barrio. La estación luce destartalada y polvorienta,
pero hay rastros de actividad reciente: el suelo está lleno de cristales y de
baldosas arrancadas, debajo de las cuales hay restos de cables cortados. Al
parecer, un grupo de ladrones de cobre han estado saqueándola recientemente.
Los dos jóvenes maldicen su suerte.
«Robar cobre es lo más
seguro y lo más fácil. Porque si mangas en tiendas te arriesgas mucho y dejas
huellas y testigos. Pero el cobre puedes sacarlo cuando quieras. Nadie te ve,
ni dejas pistas«, cuenta uno de los jóvenes. Una patrulla de policía se
acerca a la estación obligando a los chicos a esconderse agachados en las vías.
Se viven instantes de mucha tensión. Cuando el coche se aleja uno de ellos
resopla, lanza una papelera de metal y destroza el cristal de un ascensor del
andén. Se pone los guantes y con plena confianza agarra uno de los cables que
hay dentro y tira con fuerza. A continuación lo corta con la tenaza. Toda la
estación y los postes eléctricos aledaños están plagados de goma vacía.
seguro y lo más fácil. Porque si mangas en tiendas te arriesgas mucho y dejas
huellas y testigos. Pero el cobre puedes sacarlo cuando quieras. Nadie te ve,
ni dejas pistas«, cuenta uno de los jóvenes. Una patrulla de policía se
acerca a la estación obligando a los chicos a esconderse agachados en las vías.
Se viven instantes de mucha tensión. Cuando el coche se aleja uno de ellos
resopla, lanza una papelera de metal y destroza el cristal de un ascensor del
andén. Se pone los guantes y con plena confianza agarra uno de los cables que
hay dentro y tira con fuerza. A continuación lo corta con la tenaza. Toda la
estación y los postes eléctricos aledaños están plagados de goma vacía.
El director de
comunicación del Ayuntamiento, Ignacio Mendoza, asegura que el cableado
sigue manteniéndose y regenerándose para mantener la luz de la zona y por ello
los robos continúan produciéndose: «El robo de cobre es muy difícil de
solucionar. Hemos tenido muchos hurtos y seguiremos teniéndolos mientras los
ladrones puedan venderlo«. Cuando terminan su faena, los dos jóvenes
regresan al coche con los cables enrollados en la bolsa de plástico, los
guardan en el maletero y arrancan el vehículo dejando a su paso un reguero de
polvo. Según explica uno de ellos, las chatarrerías pagan seis euros por un
kilo de cobre pelado y unos dos euros sin pelar. «Los chatarreros me
conocen, nada más verme llegar me dicen: métete por detrás. Y negociamos«,
explica el flaco.
comunicación del Ayuntamiento, Ignacio Mendoza, asegura que el cableado
sigue manteniéndose y regenerándose para mantener la luz de la zona y por ello
los robos continúan produciéndose: «El robo de cobre es muy difícil de
solucionar. Hemos tenido muchos hurtos y seguiremos teniéndolos mientras los
ladrones puedan venderlo«. Cuando terminan su faena, los dos jóvenes
regresan al coche con los cables enrollados en la bolsa de plástico, los
guardan en el maletero y arrancan el vehículo dejando a su paso un reguero de
polvo. Según explica uno de ellos, las chatarrerías pagan seis euros por un
kilo de cobre pelado y unos dos euros sin pelar. «Los chatarreros me
conocen, nada más verme llegar me dicen: métete por detrás. Y negociamos«,
explica el flaco.
El Ford Sierra se dirige a El
Quiñón, un barrio de unos 3.000 habitantes al oeste de San Martín de la Vega,
donde según reconoce el Ayuntamiento, hay más de 30 pisos okupados. El pasado
19 de octubre, el Ayuntamiento anunció una mayor presencia policial en la zona.
También han llegado a un acuerdo con la empresa Seguritas Direct para instalar
alarmas en las viviendas vacías a partir de mayo. «Cuando los okupas
entren en una casa se considerará legalmente un robo y la policía podrá actuar
con más contundencia«, cuenta Nacho Mendoza, jefe del departamento de
prensa.
Quiñón, un barrio de unos 3.000 habitantes al oeste de San Martín de la Vega,
donde según reconoce el Ayuntamiento, hay más de 30 pisos okupados. El pasado
19 de octubre, el Ayuntamiento anunció una mayor presencia policial en la zona.
También han llegado a un acuerdo con la empresa Seguritas Direct para instalar
alarmas en las viviendas vacías a partir de mayo. «Cuando los okupas
entren en una casa se considerará legalmente un robo y la policía podrá actuar
con más contundencia«, cuenta Nacho Mendoza, jefe del departamento de
prensa.
En las calles de El Quiñón y Pintor Rafael Botí, según los vecinos consultados, hay una media de dos viviendas okupadas por portal. Para Mendoza, la mala fama de El Quiñón es pura
leyenda: «Desde que llegué a vivir aquí hace 15 años llamaban al barrio el
Bronx. Pero la gente es muy exagerada. Cuando quieras te invito a dar un paseo
por la noche, verás cómo no nos ocurre nada«. Algunos vecinos consultados
aseguran que su relación con algunos okupas es buena y que incluso contribuyen
a los gastos de la comunidad. Otros no parecen tenerlo tan claro: «Cuando
salgo de casa tengo que dejar la habitación y la tele encendidas», comenta
un vecino de unos 30 años de la calle Rafael Botí, «porque si no, se me
mete gentuza aquí dentro, como les ha pasado a otros«.
leyenda: «Desde que llegué a vivir aquí hace 15 años llamaban al barrio el
Bronx. Pero la gente es muy exagerada. Cuando quieras te invito a dar un paseo
por la noche, verás cómo no nos ocurre nada«. Algunos vecinos consultados
aseguran que su relación con algunos okupas es buena y que incluso contribuyen
a los gastos de la comunidad. Otros no parecen tenerlo tan claro: «Cuando
salgo de casa tengo que dejar la habitación y la tele encendidas», comenta
un vecino de unos 30 años de la calle Rafael Botí, «porque si no, se me
mete gentuza aquí dentro, como les ha pasado a otros«.
Tras el robo de cobre en la
estación, los randas enseñan la casa en la que viven de okupas, un chalet junto
a El Quiñón, en una calle de mayor nivel adquisitivo. El único elemento extraño
es el cerrojo que ha sido arrancado y cambiado por otro viejo y oxidado.
«¿Has visto que choza? Un niñato me la abrió por 200 euros«, explica
uno de ellos. Según cuenta, muchos jóvenes del barrio se encargan de abrir
casas por unos 500 euros de media: «Luego solo tienes que cambiar los
fusibles para tener luz gratis y listo. ¡Ya tienes casa!«. El chalet tiene
unos 200 metros cuadrados. El interior luce frío y oscuro: tienen que mantener
las persianas completamente bajadas para aparentar que allí no vive nadie. Un
sillón, una estantería y una pequeña televisión son el único amueblado. Se respira
desolación.
estación, los randas enseñan la casa en la que viven de okupas, un chalet junto
a El Quiñón, en una calle de mayor nivel adquisitivo. El único elemento extraño
es el cerrojo que ha sido arrancado y cambiado por otro viejo y oxidado.
«¿Has visto que choza? Un niñato me la abrió por 200 euros«, explica
uno de ellos. Según cuenta, muchos jóvenes del barrio se encargan de abrir
casas por unos 500 euros de media: «Luego solo tienes que cambiar los
fusibles para tener luz gratis y listo. ¡Ya tienes casa!«. El chalet tiene
unos 200 metros cuadrados. El interior luce frío y oscuro: tienen que mantener
las persianas completamente bajadas para aparentar que allí no vive nadie. Un
sillón, una estantería y una pequeña televisión son el único amueblado. Se respira
desolación.
«Lo único que hacemos es
comer, fumar y dormir«. Para lo primero les basta con devorar con ansiedad
múltiples rebanadas de pam bimbo. Para fumar se muestran más sofisticados: en
la planta de arriba de la casa tienen una plantación de 15 macetas de marihuana
expuestas a la luz de un halógeno de 500 vatios. Lo más difícil es dormir. Tras
una vida de violencia, persecuciones, peleas, saqueos, noches en el calabozo y
jornadas delirantes a golpe de coca y alcohol, el físico adopta los tics y el
nerviosismo característico de los yonquis. «No duermo nada«, dice uno
de ellos colocando un palo atravesado entre la puerta de la casa y la
pared». «Estoy acojonado por si alguien se mete dentro y me
cazan«. Al menor ruido se levanta, agarra un cuchillo jamonero y se asoma
a la puerta dispuesto a todo. Solo un buen trago de cerveza y una profunda
calada parecen calmarle los ánimos.
comer, fumar y dormir«. Para lo primero les basta con devorar con ansiedad
múltiples rebanadas de pam bimbo. Para fumar se muestran más sofisticados: en
la planta de arriba de la casa tienen una plantación de 15 macetas de marihuana
expuestas a la luz de un halógeno de 500 vatios. Lo más difícil es dormir. Tras
una vida de violencia, persecuciones, peleas, saqueos, noches en el calabozo y
jornadas delirantes a golpe de coca y alcohol, el físico adopta los tics y el
nerviosismo característico de los yonquis. «No duermo nada«, dice uno
de ellos colocando un palo atravesado entre la puerta de la casa y la
pared». «Estoy acojonado por si alguien se mete dentro y me
cazan«. Al menor ruido se levanta, agarra un cuchillo jamonero y se asoma
a la puerta dispuesto a todo. Solo un buen trago de cerveza y una profunda
calada parecen calmarle los ánimos.

